HAERSKOGEN | @davidluepschen | Bosque animaDO

Dirección y animación: David Luepschen.

Web del artista: davidluepschen.com

The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore

Un divertido y asombroso libro interactivo adaptado al inimitable IPad.

Para saber más: morrislessmore.com

Recomendado por Isa Valle.

 

 

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Archivo de Fantasía – Los Magos – Lev Grossman

Los Magos  de Lev Grossman

…Quentin hizo un truco de magia, pero nadie se dio cuenta…

…repitió su truco. Era un truco de prestidigitación muy simple, con una moneda y una sola mano. Volvió a hacerlo dentro del bolsillo de su abrigo, donde nadie podía verlo, y después lo repitió al revés…

…Quentin era alto y delgado, aunque habitualmente encorvaba los hombros en un vano intento de protegerse contra cualquier cosa que pudiera caer del cielo y que, lógicamente, golpearía primero al más alto. Su cabello, largo hasta los hombros, se estaba congelando; tendría que habérselo secado antes de salir, sobre todo teniendo en cuenta su entrevista, pero por alguna razón —quizá se estaba autosaboteando— no lo había hecho. Las nubes bajas y grises amenazaban nieve, y le daba la impresión de que el mundo ofrecía pequeñas muestras de desánimo dedicadas únicamente a él: cuervos posados en los cables eléctricos, cagadas de perro listas para ser pisadas, basura arrastrada por el viento, cadáveres de innumerables hojas de roble profanadas de innumerables formas por innumerables vehículos y peatones…

…Quentin pensó que debería sentirse feliz. Era joven, tenía buena salud, buenos amigos y dos padres razonablemente sanos —papá, un editor de textos médicos; y mamá, una ilustradora comercial con frustradas ambiciones de pintora—. Formaba parte de la clase media-media. Y el promedio de sus notas era tan alto, que la mayoría de la gente ni siquiera imaginaba que fuera posible.

Pero caminando por la Quinta Avenida de Brooklyn, vestido para la entrevista con su abrigo negro y su mejor traje gris, Quentin sabía que no era feliz. ¿Por qué? Había ido reuniendo lenta y dolorosamente todos los ingredientes de la felicidad, celebrado los rituales necesarios, recitado los conjuros, encendido las velas y consumado los sacrificios. Pero la felicidad, como un espíritu desobediente, se negaba a llegar. No imaginaba qué más podía hacer para alcanzarla…

Fragmento seleccionado por Isabel Valle

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Memorias de Idhún – Laura Gallego

Desde las almenas de la Torre de Drackwen, Kirtash, pensativo, contempló el paisaje que se extendía más allá.

Fuera se había desencadenado una terrible batalla entre las fuerzas de Ashran y el grupo de renegados que estaba atacando la torre. Se trataba de una coalición liderada por los magos de la Torre de Kazlunn, uno de los pocos lugares de Idhún que resistía al imperio del Nigromante. Junto a ellos luchaban también feéricos, humanos y celestes, que, a pesar de ser un pueblo pacífico, atacaban ahora desde el cielo montados en unos enormes y hermosos pájaros dorados. Kirtash había visto también varios gigantes en las filas de los renegados, lo cual no dejaba de resultar sorprendente. Los gigantes, seres robustos y fornidos como rocas, de más de tres metros de altura, vivían en las heladas cordilleras del norte, amaban la soledad y no solían frecuentar la compañía de las demás razas.

Pero aquella alianza no tenía nada que hacer contra el poder de Ashran. Un ejército de szish, los temibles hombres—serpiente, defendía la torre de los ataques por tierra, mientras que un grupo de sheks atacaba desde el aire, y los bellos pájaros dorados de los celestes caían ante ellos como moscas. Kirtash dirigía todos sus movimientos desde lo alto de la torre. Podía comunicarse telepáticamente con los sheks; en cuanto a los hombres—serpiente, si bien su mente no era tan sofisticada como la de las serpientes aladas, sí podían captar las órdenes de Kirtash. Jamás se habría atrevido a desobedecerle, porque ellos sabían que aquel muchacho no era un simple humano, ni sencillamente el hijo de Ashran… sino una de aquellas poderosas criaturas que atacaban a los renegados desde los cielos.

En alguna parte, los magos estaban asaltando la torre, poniendo en juego todo su poder, y sus cimientos temblaban de vez en cuando, sacudidos por una magia furiosa y desesperada, que ya no tenía nada que perder.

Kirtash era consciente de ello. Sabía que, por mucho que la magia de aquellos hechiceros golpease la Torre de Drackwen, jamás lograrían quebrar el escudo que estaba generando la energía extraída a través de Victoria.

Victoria…

Kirtash intentó apartar aquel nombre de su mente. Llevaba un buen rato sintiendo una ligera e incómoda angustia en el fondo de su corazón, y comprendía muy bien a qué se debía. Shiskatchegg, el Ojo de la Serpiente, todavía relucía en el dedo de la muchacha, y a través de él, Kirtash podía percibir parte de su dolor. Y no debería afectarle, pero el caso era que, de alguna manera y en algún recóndito rincón de su alma, lo hacía. Entornó los ojos, pensando que habría debido quitarle a la fuerza aquel condenado anillo cuando había tenido la oportunidad. Por más que Shiskatchegg no pareciera dispuesto a regresar con su legítimo dueño.

Kirtash vio cómo el sinuoso cuerpo de un shek se abalanzaba sobre uno de los pájaros dorados; una de sus enormes alas tapó su campo de visión, pero él sabía perfectamente cuál iba a ser el resultado de aquel enfrentamiento. Nadie podía plantar cara a los sheks. Solo los dragones… y ya no quedaban dragones.

Excepto uno.

Los ojos de Kirtash emitieron un breve destello de odio. Cuando Victoria muriese ya no sería necesario destruir al dragón, pero Kirtash pensaba hacerlo de todos modos.

Cuando Victoria muriese…

Algo en su corazón se estremeció ante aquel pensamiento, y el joven hizo lo que pudo para reprimir la emoción que empezaba a despertar en su interior. Pero era cada vez más y más consciente del sufrimiento de Victoria, de que su vida se apagaba poco a poco, y de que pronto la luz de sus ojos se extinguiría para siempre.

Entonces vio que una de las aves doradas se había acercado peligrosamente a las almenas, y se obligó a sí mismo a centrarse en la defensa de la torre. Pero enseguida se dio cuenta de que aquel pájaro no quería luchar. Su jinete lo conducía directamente hacia las almenas, tratando de esquivar a los sheks… y Kirtash comprendió que él era el objetivo. Se puso en guardia y desenvainó a Haiass.

Pero el ave se detuvo en el aire, a escasos metros de él. La persona que la montaba se quedó mirando a Kirtash un breve instante. Cubría su rostro con una capucha, y solo la luz de las tres lunas bañaba su figura, pero el joven supo inmediatamente quién era, y a qué había venido.

En el fondo de su corazón, Victoria seguía sufriendo. Su luz era cada vez más débil.

Kirtash vaciló.

Fragmento seleccionado por “Isabel Valle”