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9 Entrevistas con creativos visionarios (En inglés)

Conducted by the late Paris Review co-founder George Plimpton in Madrid, this interview with Ernest Hemingway is an absolute knockout. The excerpt comes from the intro, where Plimpton describes Hemingway’s workspace in detail. 

A working habit he has had from the beginning, Hemingway stands when he writes. He stands in a pair of his oversized loafers on the worn skin of a lesser kudu—the typewriter and the reading board chest-high opposite him.

When Hemingway starts on a project he always begins with a pencil, using the reading board to write on onionskin typewriter paper. He keeps a sheaf of the blank paper on a clipboard to the left of the typewriter, extracting the paper a sheet at a time from under a metal clip that reads “These Must Be Paid.” He places the paper slantwise on the reading board, leans against the board with his left arm, steadying the paper with his hand, and fills the paper with handwriting which through the years has become larger, more boyish, with a paucity of punctuation, very few capitals, and often the period marked with an X. The page completed, he clips it facedown on another clipboard that he places off to the right of the typewriter.

Hemingway shifts to the typewriter, lifting off the reading board, only when the writing is going fast and well, or when the writing is, for him at least, simple: dialogue, for instance.

He keeps track of his daily progress—“so as not to kid myself”—on a large chart made out of the side of a cardboard packing case and set up against the wall under the nose of a mounted gazelle head. The numbers on the chart showing the daily output of words differ from 450, 575, 462, 1250, back to 512, the higher figures on days Hemingway puts in extra work so he won’t feel guilty spending the following day fishing on the Gulf Stream.

 

Ver el artículo completo.

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Andalucía necesita “MEJORAR”

Andalucía: necesita mejorar

Hace algún tiempo leí en este mismo magazine, como está mandado, el artículo “Orgulloso de ser andalú”. En él se exponía el sentimiento del autor de completo arrobo respecto a la costumbre de estar en los bares de los andaluces. Y eso pese a quien pese y caiga lo que caiga.

Me voy a poner del lado políticamente incorrecto e impopular. Pero no estaba de acuerdo. Sin embargo, en aquel momento quise reflexionar más detenidamente y comprender por qué me había chocado tanto esta premisa.

Hace unos días, volvía a atizarme este asunto otra vez. Todo surgió por una de esas historias enrevesadas: un familiar aparece de refilón en un anuncio de Cruzcampo. La campaña en cuestión se basa en aquello que nos impele a todos a divertirnos y dejar las responsabilidades a un lado, el lado Sur del cerebro. Hasta tal punto, que el lema es “no pierdas el Sur”. Buen juego de palabras. Aunque todo se reduce a que el Norte trabaja y el Sur se divierte. Pero cuando leí los comentarios del vídeo en youtube, me quedé sorprendida por la cantidad de gente que se queja del carácter fiestero de los andaluces.

Tenemos un verdadero yacimiento: un escenario para hacer turismo, con un clima envidiable, una gastronomía excelsa, cultura y tenemos… fiesta. No me cabe la menor duda. Nuestro mejor producto, tanto interior como exportable, es la fiesta. Muy bien. Eso está muy bien. Y lo digo en serio. Es un negocio tan legítimo como otro cualquiera.

Ahora bien, no nos quejemos. Porque hasta hacer ocio hay que tener ingenio, carácter emprendedor, planificación. Y pareciera que la crisis es una plaga bíblica que nos ha asolado y ante la cual la mejor solución que encontramos es… ¡irnos a tomar una cerveza al bar! Y ya luego, si acaso, que pague la ronda papá estado.

Pero no es tan fácil. Nosotros somos parte de la crisis y también parte de la solución. La economía es un tren que se nos ha estrellado y en el que íbamos nosotros. Es un accidente, no lo hemos provocado, pero estamos implicados. Y hay que ponerse en marcha y curarnos y reparar el tren.

En cierta forma, creo que nos tenemos merecida nuestra fama. Nuestra mala fama, quiero decir. A mí, y creo que a otros muchos más, también me gusta irme de tabernas y tomarme un algo. O dos o tres. Pero después de habérmelo ganado. En mi familia, también andaluza hasta las trancas, siempre me decían “primero la obligación y luego la devoción”.

¿Es que no nos merecemos esa fama si nos creemos con derecho a estar subvencionados hasta para tomarnos la cerveza? ¿Qué podemos decir cuando los datos hablan de nosotros con más ecuanimidad que nosotros mismos? Los peores índices educativos, un 30% de paro, un funcionariado excesivo y gravoso, mucha obra y mucho fasto (entonces se pagó la convidá con fondos europeos) y la máxima aspiración en la vida: una paguita. Y oye, con unos cuantos de golpes de pecho para rematarlo con arte.

No soy de las que reniega de mi tierra. Soy de las que opina que para mejorar hay que trabajar. Y que hay que cambiar muchas creencias enraizadas que nos tienen en el vagón de cola. Quizás por eso, en el accidente, hemos salido tan perjudicados. O nos remangamos o descarrilamos.

¿Dónde están los científicos? ¿Y los ingenieros? ¿Cuál es la Andalucía imparable? ¿Se refería aquel eslogan a la tasa de paro? ¿Por qué las mejores fuerzas vivas se tienen que ir al extranjero? ¿Por qué no se favorece al emprendedor? ¿Por qué un empresario es un señor muy malo? En fin, ya lo sabemos todos. Mucho ere y muy poco lerele.

Mientras nosotros estamos tomándonos una cerveza, hay un alemán haciendo un coche. Curioso. Trabajan menos tiempo que nosotros. Pero cuando han terminado de trabajar es cuando se van a tomar la cerveza.

Mónica Gata Herrera.

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Redes Sociales ¿Sexy?

Hoy día, muchas de las páginas de Internet son usadas, a veces en exceso. Suelen ser utilizadas como medio de reafirmación de una identidad en crisis, como es la adolescencia, o como exhibicionismo sin frenos. Los jóvenes suelen hacer de Internet una ventana al mundo llena de riesgos. Salen constantemente y se hacen fotos con el objetivo principal de exhibirlas luego en las diferentes redes sociales a las que pertenecen. Les gusta exhibirse en fotos escenificadas con posturas, poses y miradas estudiadas previamente, y aunque suelen buscar la individualidad sorprende que su forma de llamar la atención acabe siendo similar a la de los demás.

 

Estos/as chicos/as experimentan incontrolables conflictos de autopercepción. Algunos están plenamente satisfechos con su aspecto y no dudan en exponerlo. Otros se esfuerzan en mejorarlo. Algunos no soportan su imagen y se autolesionan. El fotografiarse acaba siendo un modo de reafirmar su personalidad, rebelarse ante sus padres y tomar el control de su imagen. Existen diferentes niveles de confianza en una misma: algunas creen en ellas, no temen la mirada ajena y reafirman abiertamente su carácter. Otras son mas tímidas y sólo muestran una parte de su cuerpo (muy frecuente en Internet), se comprometen parcialmente. Otras parecen marcadas por cierta incertidumbre.

 

Vivimos en una sociedad muy sexualizada en la que siendo aun muy jóvenes reciben mucha información e imágenes sobre el cuerpo y sus prestaciones. Se enfrentan a unas imágenes que poco tienen que ver con ese lado “sexy” que parecen en un principio, ya que hay una gran cantidad de chicas que no dudan en masturbarse o fotografiarse el sexo, siendo ésta su forma de revelarse. Pero ustedes se preguntarán: ¿para qué sirven estas fotos? En principio les ayudan a desmarcarse socialmente. Las “guapas” verán como aumentan sus visitas en estas paginas, se creerán importantes, y sus amigos asentarán su liderazgo. El fracaso social sólo queda para los demás, las que no se cuidan o las que están demasiado centradas en los estudios.

 

La línea que separa la que es muy popular con sus fotos “sexys” y la que se deja retratar en lencería o al destape, es muy fina. Si además mantiene relaciones sexuales con sus “compañeros” corre el riesgo de ser tachada de promiscua. La reputación o respeto es algo muy frágil y la forma en que la vean sus amigos es extremadamente destructiva. No entienden lo que todo esto puede llegar a suponer y tampoco que este juego es altamente delicado. En España, un estudio revela que de 6.000 escolares encuestados, el 44% desconocen por completo los peligros que puede conllevar la red. Internet puede dar pie a ser osada, pero la protección no está asegurada. Sacarse fotos y colgarlas en estos blogs crea un diálogo consigo misma. Parece algo íntimo pero nada más alejado de la realidad, puesto que no hay espacios privados en Internet. Las redes sociales son entornos libres de padres donde los adolescentes se reafirman. Para que esto no suceda sería necesario una educación verbal, pautas de comportamiento online, etc… Más que tenerle miedo a Internet o las redes sociales, hay que aprender a convivir con el miedo, saber gestionar la privacidad y hacer del fenómeno algo natural.

 

Los adolescentes están en una una etapa en la que no se saben si son niños o adultos. Ambas se solapan y la identidad no es aún evidente. Es aquí donde existe un llamativo contraste entre elementos sexuales adultos y elementos de la infancia. Es un periodo difícil que se caracteriza por la tensión constante entre el deseo y el temor por la sexualidad, entre madurez e inmadurez.

Dichas imágenes desvelan un marketing propio, una doble ideal, como una autopromoción para las chicas en proceso de construcción. Se hacen valer como productos para gustar. Aparecen siempre en actitud sonriente, dinámicas,.. con lo que vemos poquísimas fotos en actitud furiosa, enfermas o tristes puesto que estas actitudes se esconden, son consideradas tabú. Por otro lado, una vez puestas en escena, olvidan todo y esconden tras un velo público todas las preocupaciones físicas que un adolescente puede tener (acné, cabello graso, pelillos indeseados,…).

 

Seguro que se estarán preguntando, ¿a quién van dirigidas esas fotos?, ¿verdad?, pues no tienen un público concreto, van dirigidas a cualquier persona que tenga la ocasión de verlas. No van dirigidas a una sola persona, no existe un esfuerzo real de seducción, aunque si existe una reproducción de esos códigos de seducción. Esto está muy presente en muchas imágenes, ya que en los medios de comunicación proponen a las chicas unos modelos de feminidad muy consensuados y totalmente basados en su apariencia física y en la seducción que subyace a esa apariencia, tratándose de cuerpos en periodo de cambio. Los autorretratos de los chicos son muy diferentes a los de las chicas. Los chicos se muestran activos aunque luego no hacen nada, están ahí solo para gustar y seducir. Los chicos actúan y las chicas son guapas, “sexys” y calientes. Como si la sexualidad fuera lo único que les preocupa en la vida. Es posible que los nuevos medios de comunicación lleguen a ser “super modernos”, pero su discurso sigue siendo un tanto retrogrado.

Rocío Espinar Álvarez

 

Orgulloso de ser “ANDALÚ”

Siempre me he sentido orgulloso de ser andaluz, siempre he llevado a gala la pasión por mi tierra y aunque a veces es difícil de entender, siempre he creído en nuestra superioridad como pueblo. Y cuando de superioridad hablo, no me refiero a ese sentimiento fascista de supremacía racial, qué tontería, me refiero a esa manera de afrontar la vida, con todos sus quebraderos de cabeza, que por estos páramos llevamos.

Y es que, para hacer justicia, y no pecar de ceguera nacionalista, hay que reconocer que en ningún sitio como aquí se disfruta de la máxima “al mal tiempo buena cara”, y evidentemente no estamos hablando de meteorología, sino de la que está cayendo, llámalo crisis, llámalo putada. Tampoco voy a entrar en ese tópico que tanto se oye por las calles…”no estará la cosa tan mala cuando están to los bares hasta las trancas”. Vamos a ver criatura, para que un andaluz deje de tomarse una cervecita con su tapa en una terracita hace falta mucho más que esto, me cago en esta crisis si piensa que me va a privar de semejante placer, ya me lo quitaré de otros menesteres.

Otra de las causas que hacen que me sienta satisfecho de mi origen es nuestra lengua. Joder, que pena me da de esa gente que se avergüenza de nuestra habla, que en cuanto pisan tierra extraña ya están metiendo eses donde no caben. Peor para ellos si no saben apreciar el poder de su diferencia, sino que se empequeñecen ante cualquier castellanoparlante. Yo soy de la máxima “habla bien, habla andalú”. Si elimináramos ese tipo de prejuicios otro gallo nos cantaría. No lo sé, pero estoy casi convencido que algunos personajillos como Séneca, Averroes, Góngora, Velázquez, Bécquer, Machado, Manuel de Falla, Picasso, Juan Ramón Jiménez, Lorca, Blas Infante o Lola Flores, Camarón, Carlos Cano y Paco de Lucía por poner sólo un pequeño ejemplo, con todo lo que han aportado al mundo, cada uno en su Arte, no se sentirían demasiado agradecidos a un pueblo que reniega de sí mismo.

Es por esto y por mucho, muchísimo más por lo que me siento dichoso y afortunado de pertenecer a esta bendita tierra, con sus defectos (que los tenemos y muchos, a ver cuando despertamos) y sus virtudes. Así que si eres andaluz enhorabuena y si no bienvenido seas.

Jorge Portillo Martín.

 

Original y globalización son incompatibles.

Según el diccionario de la Real Academia Española, una de las definiciones de la palabra original es carácter de novedad. Tengo la firme convicción de que este significado acabará  desapareciendo. En el primer mundo ya no hay nada nuevo. Todo es una revisión, actualización o simplemente una fugaz novedad. Las redes sociales, que han conectado el mundo para bien o para mal, la televisión, que muestra minuto a minuto lo que ocurre en el mundo, o lo que quieren que creamos que ocurre en el mundo, la radio, que se “reinventa” cada día, han conseguido que la palabra original, en este sentido, no sea más que un débil reflejo de lo que fue. Cuando ves algo que realmente te gusta (“I like it”), miles de personas ya han sido cautivadas con antelación. “Puta globalización” como diría mi queridísima amiga Cristina. Y es así. No hay que enojarse por no ser el primero en ver, oír, disfrutar, comprar algo. Creer que uno es el primero porque ha inventado algún tipo de episodio creativo, relato, fotografía, video, pensamiento, idea “original”, es una equivocación. No te engañes. Ya está inventado. Solo que en otro idioma, en otro rinconcito del mundo. ¿Cómo no se me ha ocurrido a mí? ¿cuántas veces te has hecho esa pregunta al ver algo en televisión? La respuesta es bien sencilla: somos más de 6.854.196.000 personas en el mundo. (Este mismo dato no lo he inventado, no es original, está sacado de la maravillosa y peligrosa wikipedia).

Hace unos días, me retorcía de dolor, tumbado en el sofá mientras veía en televisión la cobertura que hacían a un “Tipo”, (a mí se me ocurren otros mil nombres para definirlo, comenzando por Hijo de la …) que había creado una agencia de viajes para peluches. ¿Poca vergüenza? No, mucha caradura diría. Pero ahí está el señor extranjero. Facilitando viajes a mascotas de pelo sintético, furry-amigos. ¿Cómo no se me ha ocurrido a mí? ¿Clientes que no se quejan? Una fotografía al peluche delante de la Giralda, y ya está. ¡Los euros al bolsillo! Perdón, al paypal account. Y si luego la guardas en una bolsa de basura, su propietario ni se enterará, porque recibirá por agencia su peluche con una fotografía y una cara de felicidad indescriptibles. Pues ya hay varias agencias funcionando, y lo mejor de todo es que ésta de Barcelona no era la primera.

Las zapatillas, que vistes y que consideras a la última, ya están pasadas de moda y es que la palabra original parece que va apareciendo y desapareciendo justo como lo hace el sol con el uso horario. Cuando algo nace en Japón va dando la vuelta al mundo a través de los medios y llega a Japón “resobá”. No te preocupes por la fiabilidad de tu televisor 3D, puesto que cuando lo tengas en casa ya llevarán meses, años usándolo en U.S.A. o Japan. En este caso podríamos decir que la palabra original puede aguantar el tirón si hablamos de productos de un gran desembolso para nuestros bolsillos. En realidad, aunque tardemos más o menos tiempo en tener una de estos aparatos, ya no será novedad alguna. Hoy en día solo se me ocurre algo original: un dominio de internet, ¿por qué? porque no pueden registrarse dos con el mismo nombre. Pero para todo lo demás,… China.

Lain de Macías

Matemos al Presidente

Matemos al presidente a preguntas que sabemos que nunca se atreverá a responder. ¿Por qué las riendas de un País, tan estratégico como lo es España, están siempre supeditadas a la crispación diaria entre dos grandes formaciones cuyo pasado y enfrentamiento está evidentemente candente? ¿No merecemos que se trate a más de cuarenta millones de personas con un respeto digno del ciudadano en su gran mayoría cumplidor de sus obligaciones? ¿Por qué se trata de culpar al contrario cuando en realidad la sed de poder activa todas las sustancias excitantes que fluyen por la sangre, roja, azul, verde de nuestros políticos?. Recientes eventos ocurridos en países “no tan lejanos” hacen reflexionar sobre la realidad inducida, guiada, espontánea, como quiera que la llamemos, del pueblo hastiado de la tremenda olla podrida de los poderes públicos.

Nadie está libre de las zarpas institucionales puesto que nuestro sistema nos hace dependientes. Pero ¿no es realmente el estado el que depende absoluta y constantemente de todos y cada uno de nosotros?

No sólo las personas que ayudamos a rellenar las arcas, con esfuerzo, obligaciones e impuestos hacemos posible esta contribución, sino las personas que con sensatez no abusan de sus derechos al ejercer sus deberes. Presidente, no crea que el toro durmiente en el que se ha convertido España resurgirá de sus cenizas gracias a las nuevas y tardías propuestas. Nosotros, los ciudadanos seremos el pilar que sostendrá la España del futuro. Sólo nosotros tenemos el verdadero poder de llevar a cabo el cambio. A estas alturas, siendo espectadores de la sublevación de pueblos vecinos y lejanos, no se concibe cómo  las calles de Hispania no se han convertido en ríos cuya corriente esté formada por ciudadanos desesperados con  una fijación mental:  “¿Y mañana qué?”.  Entre todos debemos fijar el rumbo de nuestra nación, y controlar el ritmo construyendo pilares sólidos.

Sr. Zapatero,  hace meses que escuchamos la canción de los brotes verdes, pero hay gente que no tiene ni brotes que llevarse a la boca. Hay miles y miles de parados que lo único que pueden hacer es pasear por las maravillosas avenidas y parques creados con el “Plan E”. Hay que ser más serios con las propuestas y actuar en consecuencia. Gobernar a golpe de globos sondas y rectificaciones nos hace perder el poco prestigio que tenemos ante la comunidad internacional. Prestigio que hemos ido perdiendo ante los anuncios y sus posteriores enmiendas.

Sr. Rajoy. ¿Qué se siente al esperar un sillón con su nombre? Las caídas pueden ser muy peligrosas a cierta edad y la sed de poder puede nublar la mente. Presumir de tener un programa repleto de soluciones no ayuda. Quizás, si la suerte le acompaña, pueda presidir este país. ¿No será demasiado tarde para aplicar esas recetas que, con el misterio de la fórmula de Coca-Cola, guarda en la caja fuerte de Génova? ¿No se percata del error que supone posponer soluciones? Lo estamos viviendo diariamente con las presentes actuaciones.

Sr. Rajoy, Sr. Zapatero, tienen que sentarse a hablar ya, ahora o nunca, y ese nunca significa ahora porque todo lo demás será tarde.

Sra. Merkel, nos tiene confundidos. Viene a vanagloriarse de su poder continental, a pasar revista ante una España débil, a sacar pecho, a hacer ruido de motor, el motor de Europa. Qué buena expresión para llamar a Alemania. Ese motor que no es más que el de todos los vehículos que nos venden para que circulen por las carreteras construidas con ayudas europeas en gran parte costeadas por la gran Alemania. Cuando se queja de que su país soporta los grandes gastos, no dice abiertamente que las ayudas ofrecidas son, en realidad, una inversión para ustedes. Las carreteras son solo un ejemplo.

Sr. Obama. Ya no habla de usted nadie, está pasando desapercibido ante la historia y eso es porque mucho ruido… El bombo y el platillo no sirven de nada si no hay un constante esfuerzo por mejorar las cosas. La intención no cuenta cuando a uno le colocan en su mano el carnet de “Hombre más poderoso del mundo”. Los tiempos de la guitarra pasaron a mejor vida. Dudo que su mandato dure más de una legislatura, el tiempo dirá.

Sr. Belusconi. ¿Se le acaba el juego? Quizás pensó que los tiempos de “Mamá Chicho” podían ser eternos, igual que la impunidad. Pero la justicia pone a cada uno en su sitio, y a su edad, si la justicia no le condena, lo harán los años que no pueden disminuir a golpe de talonario. Es vergonzoso defenderse ante las opiniones vertidas en televisión. A esos niveles, ya podemos vislumbrar hasta qué centímetro de su cuerpo está sumergido en lodo.

Sr. Sarkozy. Podríamos decir que habla alemán en su intimidad, pero lo que realmente preocupa es su afán de protagonismo, que implica zancadillas y empujones para ser el primero de la fila. La agonía por llegar puede acabar en simple agonía. No disimule la realidad por la que todo el mundo sabe que dirige las riendas de Galia y Carla las de usted.

Definitivamente el poder político está cada vez más lejos de la ciudadanía.

Españoles, vamos a levantarnos. Levantarnos de verdad. Siempre hemos sido un pueble fuerte. No esperemos a que el estamento político resuelva lo que nosotros podemos resolver con nuestras acciones diarias. Amigos, sabemos que no podemos vivir de los políticos, pero no dejemos que los políticos vivan de nosotros.

Por Lain de Macías.

 

¿La democracia ha vencido?

La democracia ha vencido y el Pueblo con mayúsculas ha logrado echar a patadas al tirano de Egipto. La verdad es que es para sentirse orgullosos, ahora vemos con toda nitidez, que el pueblo unido jamás será vencido. Y lo de “ver” lo decimos en el sentido más literal de la palabra, ya que hemos sido partícipes en rigurosísimo directo de esas manifestaciones multitudinarias en la famosa plaza Tahrir. Y cómo el presidente de nuestros eternos salvadores, Obama, nos tranquilizó alegando que  E.E.U.U. defenderá los derechos del pueblo egipcio. Ufff aquí huele a chamusquina. Eso en el idioma yanqui significa que las tropas americanas invadirán el país para “mantener la paz” y  es posible que las grandes reservas de petróleo y recursos minerales que posee Egipto no tengan nada que ver en todo esto. Esto me suena. No sé si será un “déjà vu”, pero esto ya lo hemos vivido antes.

No contentos con esto, seguimos de enhorabuena, ya que ahora le tocará el turno al dictador de Libia. Que se vaya agarrando los machos porque sus días en el poder están contados. Gadafi tus días han tocado a su fin, por la cuenta que te trae, recoge tus bártulos y vete con tu séquito a tu desierto más cercano, porque esta gente está dispuesta a meterte en salmuera.

Un poco de miedo la verdad es que me da. Estos putos yanquis, amos del universo, están dispuestos a todo. ¿Qué demonios es eso de la democratización? ¿De veras se puede democratizar a cojones? ¿No es eso una nueva forma de tiranía? Yo no tengo ni idea, pero vuelvo a decir que aquí huele a pelo quemado.

La verdad es que la forma de darle la vuelta a las cosas es de una inteligencia pasmosa. Para conseguir sus objetivos nos hacen creer que es la sociedad la que pide cambios, unos cuantos de miles de personas en la calle, unas cuantas víctimas de un gobierno irresponsable, y ahí tenemos el caldo de cultivo para que las naciones unidas puedan encauzar a su antojo los designios de un país, que por más que queramos jamás podrá ser democrático. Y es que una sociedad, en su mayoría musulmana, difícilmente podrá abrazar la democracia como nosotros los superdesarrollados occidentales la concebimos. Ya que da la impresión que el pueblo musulmán, al igual que los budistas o hinduistas, no se sienten más libres ni más felices depositando una papeleta en una urna, sino acatando de forma voluntaria las decisiones de las personas que para ello tienen la autoridad moral, y eso, lo entendamos o no, a ellos sólo les viene de arriba, de los cielos. Y es por eso, que creo, que no hay peor forma de colonialismo que la tentativa de exportar a la fuerza o con halagos, tanto da, las costumbres de cualquier país a otro que las tiene diferentes.

De todos modos, aquí  poco o nada tenemos que decir, nuestra voluntad no cuenta para nada, somos simples títeres que de vez en cuando creemos, o más bien, nos hacen creer, que podemos solucionar las cosas. Nada más lejos de la realidad. Será pesimismo, pero pienso que lo máximo que se nos permite es el derecho a pataleo y disfrutar en directo (ventanita arriba de nuestros televisores las 24 horas con lo que ocurre en la plaza egipcia) de lo que debemos creer que sucede en el mundo.

Por Jorge Portillo Martín

Catetos Auditivos

“Perdona, me pones Danza Kuduro o Purpurina?”. Esa frase describe a la perfección la escasa cultura musical que sigue habiendo por estas latitudes.

Hoy día se ha evolucionado bastante en variedad y gustos musicales, incluido en la oferta musical que pueda existir en los locales nocturnos. Emisoras como Máxima Fm sabiendo que posiblemente nunca terminarían de explotar centrando su programación en música electrónica, decidió en su día dar un paso atrás, e intentar que la mayor parte de la gente que estaba anclada en la música extremadamente latina-pachanguera dieran un paso adelante para coincidir en un punto intermedio, es decir, “ni pa ti, ni pa mi”. Y políticas musicales como esa han terminado funcionando por el bien de la música.

El problema es que quizá no sirva de consuelo. Al igual que Estados Unidos da los pasos en su desarrollo de tres en tres, mientras Nigeria los da de uno en uno, en la música pasa igual. Mientras en Alemania, u Holanda, por poner dos ejemplos, te encuentras unos gustos musicales que evolucionan permanentemente, en España eso no sucede, o sucede lentamente; por admitir la comparación, nosotros seríamos Nigeria en la música. Sólo en algunos puntos del norte de España o de la costa mediterránea, por tradición y mentalidad, se han ido diversificando y evolucionado a un ritmo mayor y mejor.

No sirve que las personas les guste una canción o un estilo por su propios medios, algo que sería más respetable fueran los gustos que fueran, sino que como sucede con la moda u otras tendencias, la gente está expuesta a lo que le vendan, a lo que le metan por los ojos, o en este caso por los oídos, como esponjas lo absorben, y hasta que una canción no es politono, o la machacan en las emisoras más comerciales (aquí sirve el ejemplo de la Máxima como punto de mejora en esas influencias y evolución), no les llama la atención.

No hace falta que suene una canción que sepas que nunca será comercial para saber si la bailan en una discoteca o la llevan en la radio del coche. Es suficiente ver el tiempo que hace que está en el mercado y cómo la están vendiendo a esos simples y poco definidos oídos. Una misma canción que aún no han escuchado cien veces observas cómo no es bailada, o sencillamente se van de una sala; una vez pasado el tiempo habitual desde que sale hasta que la hacen sonar en tantos sitios, esas mismas personas que antes rechazaban esa canción se acercan a pedir al dj que por favor le pongas ese tema, con la desesperación de una persona que su vida no volverá a ser la misma si esa noche no escucha esa canción por vigésimo novena vez en el día.

Y eso por no hablar de las que se lamentan desesperadamente porque le digas que ya has puesto la canción y responden que les ha cogido en el servicio o aún sin llegar a la discoteca, parece que le estás robando la cartera por ello. Y los hombres, con tal de no variar su “estrategia” e intereses en una discoteca, aun teniendo en algún caso algo más de refinamiento en sus gustos musicales, no quieren romper la armonía de la música deseada por tantas mujeres, para así poder tantear mejor y con más opciones sus opciones de ligar algo esa noche.

Pese a todo, la música es algo subjetiva en su apreciación, no se puede demostrar científicamente lo que es bueno o malo, por eso en este artículo no he mencionado apenas lo que considero de calidad o no, pues aunque alguien que pueda considerarse más o menos entendido de música pueda defender ciertos gustos por ella, no es suficiente para rechazar todo aquello que no sea de su gusto, aunque quien ha escuchado algo de música en general, hay determinados extremos que sí los detecta y es consciente de si es música de calidad, o basura sin más.

Así pues, aquí no se menosprecia a quien no le gusta, el house, o el trance, o el jazz, o la música clásica, sencillamente a quien no tiene personalidad propia para definir sus gustos musicales.

En definitiva, con la música también hay catetos, auditivos en este caso.

Por Christian Jurado a.k.a. Dj Flying

 

Plañideras del Tiempo


Si hace frío, que hace frío. Si hace calor, que hace calor. Si llueve, que llueve. Si no llueve, que no llueve. Si nieva, que nieva. Si el tiempo cambia, que el tiempo está loco.

Pues no. El tiempo no está loco. Más bien lo estamos nosotros. El tiempo tiene un calendario perfectamente lógico y natural desde hace eras. No hago ni caso de los catastrofistas milenaristas del cambio climático. Esta chaladura que le achacamos al tiempo se debe más bien a una percepción antropocéntrica.

No lo entiendo. Vivimos en el Mediterráneo, un lugar envidiado en el globo y dotado del privilegio de un clima suave. Disfrutamos de cuatro estaciones paulatinas, ricas en matices y deliciosas. Sin excesos del tipo monzones. Ni huracanes. Ni calores tropicales. Ni páramos congelados como un “combi”.

Peeero… aquí siempre hay alguien para ponerle pegas. ¿Quién dijo que el tiempo era el tema predilecto de los ingleses? Es carácter latino. 100%. El carácter quejicoso. Porque por estos lares un día sí y otro también siempre hay alguien que se lamenta, cual plañidera, del tiempo que hace.

No lo entiendo y me exaspera. Desde hace unos años, además, las televisiones se han sumado a esta moda de hacer noticia lo que no lo es. Abren informativos en pleno agosto con un “Se alcanzarán los 40º C en Sevilla” o en Navidad con “Nevada monumental en Ávila”. Y digo yo, ¿el acontecimiento para encabezar un noticiario no sería que cayese una nevada en Sevilla en Agosto y que topasen los 40 grados en Ávila el día de Nochevieja?

¿Qué queréis que os diga? No veo el motivo para estar despotricando todos los días del tiempo. A mí me resulta una fortuna vivir bajo este clima generoso y benefactor. Y, si bien tengo predilección por el buen tiempo y el calor, adaptarse a cada estación es un verdadero ejercicio de disfrute.

Cuando hace calor, la calor, el verano. Es tiempo de chapuzones frescos y de noches de jazmín, de visillos y de estrellas. De melón y de sandía, de hielo en los vasos y de neveras. De colores intensos y puros. De mares azules, de cielos sin mancha. De sandalias y ropa sencilla. De libros estropeados, de planes improvisados. De pieles de bronce y de olor a cremas. De días interminables y lunas desnudas.

Y luego llega el otoño. Y todo huele a campo. A leña. Se hace época de primeras manguitas, de deseo de abrigos largos. De castañas y humos. De voluntarios encierros y apetecido recogimiento. De sopitas y tisanas. De senderismo y días violetas. De cuadernos nuevos y nuevas propuestas. Y… con suerte, de lluvias.

Cuando hace frío, en invierno, es momento propicio de chimeneas, de mantas, de gorros y bufandas. De despensas repletas y bibliotecas inmensas. De atiborrarse de series y juegos tipo Tetris. De baños calientes y furtivas escapadas. De calcetines gordos y esconderse entre las sábanas. De cuchareo de casa y felicidad encerrada.

Pero os confieso que este año, este año ya estoy harta. Estoy deseando que… ¡que el tiempo se vuelva loquillo y asome la primavera! Porque tengo ganas de sol templado, de días largos, de tardes llenas. De terrazas y tirantas, de dedos al aire, de uñas pintadas. De flores frescas, de agua de la fuente, de brisa en la cara. De incienso y de azahar, de jaramagos y amapolas, de vida nueva. De blancos, de azules y mil colores. De cielos radiantes, de pantones naturales, de ensaladas. De gente en bicicleta, de pies llenos de arena, de sillas de playa. De chapuzones furtivos, de capotas quitadas, de Toscanas.

¿Veis como tengo razón? Las plañideras contagian su lamento. Porque, sea como fuere, al final también yo acabo hablando del tiempo. Y lo que es peor, entono mi propio quejío.

Por Mónica Gata Herrera

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¡Vivan las Rubias!

Hoy desde aquí me gustaría hacer un homenaje, un merecido tributo a las rubias. ¿Por qué no? esas rubias que tanto nos han dado sin pedir casi nada a cambio. Ésas con las que todos hemos empezado a hacernos mayores, ésas que distinguían, desde nuestros comienzos mozos, a los niños de los que ya se hacían adultos o lo querían parecer. Ésas que tantos y tan buenos encuentros han propiciado y ésas que hacían que los no tan buenos mejoraran por un módico precio. Si lo pensamos bien, siempre han estado ahí. Me han acompañado en todas mis salidas, juergas y fiestas, ya sea por mi ciudad o por cualquier otra del mundo.

Es cierto que no sólo las rubias me gustan, también las tostadas y negras me han dado mucho placer, da igual, que más da su color, si está buena, está buena. Y es ahora más que nunca cuando su merecido gusto por satisfacernos se verá incrementado, ya que una buena cervecita en los bares estará más sola que nunca. Y es que su compañero de fatigas en los bares y tabernas está totalmente prohibido. Ya no podremos nunca más acompañarla de un cigarrito. Porque una birrita sin el cigarrillo jamás será lo mismo, al menos para los que gustamos de los malos humos. cierto es que no hay que desesperar, ¡que vivimos en Sevilla, joder!, que de 365 días al año sólo tenemos un puñadito pasados por agua (bendito clima), el resto, ¡vámonos a la terracita que son tres días y ya nos hemos comido dos!

Dicen que fueron los egipcios los que, con gran acierto, comenzaron a fabricar y consumir este oro líquido. ¡Qué tíos! al parecer, fueron también los inventores del preservativo y de los tacones altos para sus mujeres. No, perdidos no iban. Y aunque es a los romanos a los que atribuimos las grandes bacanales y el “carpe diem”, fueron los de los jeroglíficos los precursores de todo el “sarao”. nos ha llegado que, en sus grandes fiestas para ricos, al terminar sus opulentas comilonas, un sirviente pasaba por toda la mesa una suerte de ataúd y decía: “mira, bebe y huelga que así serás cuando mueras”. Y ni que decir tiene, que con la paranoia que tenían con la muerte, no se lo pensaban dos veces. Y nosotros comiéndonos la cabeza con sus escritos jeroglíficos, seguro que ni ellos mismos tenían ni puñetera idea de lo que escribían. Así que, yo lo tengo claro, que se quiten las pirámides, el embalsamamiento y el papiro, la cerveza es su gran aportación a nuestros días.

Hay que reconocer que es difícil resistirse a una rubia, sobre todo en esos tórridos veranos andaluces cuando más aprieta el solito. Y ahora que vengan del resto del estado español y nos digan que somos unos vagos. Que si eso, que tiren pa’cá en agosto y a las cuatro de la tarde, con 45 grados a la sombra (sin exagerar), después de ocho horitas de currelo, cinco botellines de cruzcampo y medio lebrillo de gazpacho migadito, ¿a ver qué se les antoja hacer?, porque lo que es a mí, lo que me pide el cuerpo es poner el split y pegarme una siesta egipcia, a lo que dé.

Por Jorge Portillo

 

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Placer, vuelva usted mañana

Cuando era pequeña, el día que tocaba filete con patatas se convertía en un verdadero suplicio. No me gustaba el filete. Reconozco que, en general, era mala comilona. Mi madre, con paciencia y perspectiva, me repetía que de mayor me acabaría gustando todo lo que está mandado. Pero a mí me parecía algo tan remoto como improbable.

Lo sé. No estamos aquí para hablar ni de mis predilecciones culinarias ni de mis anécdotas de infancia. Vengo a resaltar el caso por otros motivos. Lo que hacía entonces era trocear la carne con mucho ritual, camuflarla con cantidades ingentes de ketchup y mayonesa, masticarla con abnegación hasta que se me hacía una bola y, finalmente, deglutirla como una mártir. Para el final me dejaba las patatas. Que éstas sí que me gustaban.

¿Y qué? Pues pasa que por entonces no me lo podía imaginar, pero estaba aplicando un principio conocido como “postergación del placer”. Es decir, dejar para luego aquello que te gusta porque en el entretanto se crea un regocijo inmenso y extático, más intenso en ocasiones que el propio placer. O, expresado con las palabras de Punset, “la felicidad está escondida en la sala de espera de la felicidad”.

¿Por qué ocurre esto? Qué sé yo, pero debe de ser por algún motivo evolutivo. Si sabemos controlar nuestros instintos, tenemos más posibilidades de éxito. De hecho, y según se nos contaba también en un programa de Punset, había un experimento sobre este asunto con niños.

Se  les da una chuchería. Se les dice que si son capaces de esperar 15 minutos, se ganarán un segunda golosina. Los que sabían reprimir su impulso de comérsela y aguardar para conseguir la otra, después, pasado el tiempo, eran los adolescentes que sacaban mejores notas.

Aunque he tardado en darme cuenta, ahora sé que las personas no cambiamos. Aplicamos una misma forma de proceder a todas las facetas de la vida. Sólo modificamos nuestra conducta cuando nos obligan. Pero si nos liberamos de esa obligación, aunque sea mínimamente, volvemos por nuestros fueros. Vamos, que cuando “uno tiene un vicio, si no se mea dentro, se mea en el quicio”.

Pero retomemos lo de dilatar el placer. Aparte del sesgo sexual que tiene el asunto, que ya sé que esto es lo primero en lo que habéis pensado, en mi caso aplico la postergación del placer a toda actividad que se tercia. Son esas manías en las que me sorprendo in fraganti a mí misma con una sonrisa socarrona.

Por ejemplo, ¿qué motivo medianamente lógico hay para guardar las bolsas con la ropa que compro en el armario hasta el momento en que estreno la prenda en cuestión? Ninguno, porque además se arruga. Mi teoría es que postergo el placer de enfundarme un hábito nuevo.

¿Por qué elijo con sumo cuidado una cosa concreta de entre una serie de cosas iguales? Es el caso de los libros. Busco en el montón hasta que encuentro el de la cubierta impoluta, el de las esquinas inmaculadas, el lomo menos estropeado y hasta reviso el interior por si hubiera alguna página doblada o destintada. Es ridículo, porque una vez que entra en casa admito con naturalidad que el libro en cuestión se estropea por el uso y me alegro de ello. Insisto. Supongo que es porque postergo el estreno.

Por eso detesto que alguien me adelante qué se cuenta en un suplemento dominical cuando todavía no lo he leído. Por eso también, de mi bandeja de entrada, leo el correo que más me complace al final. Por eso retardo abrir un sms que sé que es de mi agrado. Por eso, incluso, tiendo a ser noctámbula. Y por eso, pese a que muchos me lo refutarían, soy una impuntual incorregible.

A menudo me pregunto si la gente también hace chorradas del género. Y… ¡he descubierto que así es! Lo he constatado cuando he estado comprando algo con alguien y también repasaba todas las existencias de lo que quiere adquirir, hasta que da con la que le parecía adecuada. Así que no soy tan rarita. ¿O sí? Porque todavía no os he dicho que sigue sin gustarme el filete…

Mónica Gata

 

 

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