Cartas olvidadas en un cajón

Si cada instante junto a ti tuviese mil ahoras.

Si pudiese dividir cada momento que paso contigo y hacer de cada parte un susurro eterno al oído o un sinfín de ellos o una vida entera.

Si pudiera acaso parar el tiempo a mi antojo, que cada segundo durase un lustro, y mirar con mis ojos a los tuyos parándome así en cada detalle, en cada minúsculo matiz que me hace quererte. Hacer, deshacer, reír, besar, conversar, acariciar, pasearme por tu figura o fundirme contigo sin fronteras ni diferencias, como un mismo ser, cómplices en el engaño al implacable enemigo que supone el tiempo.

Si fuese esto posible, tal vez en este ahora, que es sólo uno, indivisible, no estaría ahogado en el mar de confusiones que me turbia la mente. Este mar inmenso cuyo horizonte augura tormentas para cuando no haya besos, ni caricias, ni susurros, sólo lamentos emergentes de la impotencia de no saber mantenerte a mi lado.

Ojalá cada instante contigo durase una eternidad, ojalá nunca lleguen esas tormentas de las que hablo, en las que cada segundo dura un segundo, cada año un año y cada vida, una vida en tu ausencia.

 

Marcelo Aurelio Congosto de la Serna,

25 de Enero de 1964.

Por David Perea mora



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