María Cuchíbrica – Capítulo once – Volver a empezar

Los rayos de sol entraban con dificultad por las mugrientas persianas del apartamento de la detective mientras el olor a café disimulaba el hedor de la habitación repleta de excrementos de gato. María llevaba una semana sin abrir las ventanas y Mauro, que no disponía de bandeja para sus deposiciones, se veía obligado a arañar sin éxito la madera del suelo para defecar.  Hacía más de un mes de la detención de Sally y tras una llamada de Andrés, cuyo contenido era psicológico y de pura reflexión, María decidió que hoy era el día para volver a empezar. Dejó la tostada en el plato y se acercó a uno de los ventanales. Observó, por una de las rendijas, que la ciudad de Henara estaba llena de vida, que el traqueteo de personas y el tráfico la hacían más viva que nunca. Abrió todas y cada una de las ventanas de par en par. La pequeña brisa renovó en pocos minutos el aire irrespirable del apartamento mientras Mauro mantenía sus ojos apretados evitando la luz que no veía desde hacía tanto tiempo. La detective, en un acto irreconocible hasta por ella misma, comenzó a limpiar el apartamento. Con una mano agarraba la bayeta y con el otro su Lucky Strike. Cuando pulverizó la pantalla de la televisión con un producto, cuya etiqueta indicaba claramente que era inflamable, un halo de fuego estalló en su cara. Se quedó estupefacta, con la cara ennegrecida y el pelo chamuscado.

-Eso te pasa por limpiar fumando, eso te pasa por limpiar- Se dijo a sí misma en voz alta.

Mauro movía su nariz intentando descifrar el nuevo olor que inundaba la estancia y seguía la huella dejada por sus heces ahora reunidas en un cubo de basura. La quemadura capilar hizo reflexionar a María.

-Si hoy es un buen día para empezar, voy a cambiar mi look.- María agarró unas tijeras y comenzó una sesión de autopeluquería frente al espejo. Nadie podía imaginar que debajo de esa cabellera había un rostro tan pálido y triste. Le dedicó una sonrisa al espejo y expulsó el aire del cigarro contra el mismo.

El siguiente paso era decirle al mundo que María estaba lista para afrontar nuevos retos, pero para ello necesitaba un nuevo ayudante, que desde hace unos días, tenía decidido que sería hombre. Cogió de una estantería las Yellow Pages y buscó agencias de contratación y servicios de anuncios.

La oficina estaba preparada para el desfile de candidatos. Andrés sentado en la recepción haría la criba de los solicitantes. Ahora lo más importante, además de encontrar a la persona adecuada, era que la detective no se viera afectada por ningún personaje trastornado. El primero en llegar fue Raimundo, un hombre de cuarenta años con barriga cervecera, pelo fuerte y grueso como cuerdas de guitarra, camisa a cuadros y voz de Doraemon. La entrevista no duró más de cinco minutos, puesto que la experiencia descrita en su currículum mostraba que había estado trabajando para una agencia inglesa y que había estado en prisión dos años. María no estaba para sustos y quería borrar todo lo relacionado con Sally. Esto incluía cualquier cosa relacionada con los británicos. El siguiente candidato, llamado Carlos, tenía un aspecto impecable, alto, atractivo y acompañado de un olor dulce y cautivador. Sus credenciales también lo eran por lo que fue rechazado al instante. Demasiado perfecto para una detective tan peculiar. Durante el día pasaron más de diez candidatos que no convencieron a María.

La jornada finalizaba. Andrés y María dedicaron un largo café a meditar, reflexionar, pensar en el futuro de la agencia. El timbre de la puerta interrumpió la merienda.

-¿Quién es? – Preguntaba María.

-Agencia Meidox, traigo un paquete.

El mensajero de casi dos metros, fornido, con nariz grande, subía por las escaleras con un sobre.

-Señora, aquí tiene su paquete. He visto en un anuncio que buscan investigadores, ayudantes.

-Así es, caballero.

-La verdad, esto no es un paquete. Es mi currículum. Si usted me contrata, dejo la mensajería y podría incorporarme de inmediato. – Palabras con voz grave y mirada fija ante los ojos de María, que la estaba cautivando. – Por cierto, mi nombre es Sergio.

-Sergio, no dudes que me pondré en contacto contigo si encuentro interesante tu experiencia. – La detective sonreía más de lo habitual.

-De acuerdo, a su disposición.

-Sergio

-Sí, señora.

-¿Tienes algo que hacer ahora? – María no dejaba de sonreír.

-Esta era mi última entrega. Estoy libre.

-¿Me acompañas a tomar una cerveza y charlamos?.

-Perfecto.

-Andrés, ¿puedes cerrar la oficina? María buscaba la mirada cómplice de Andrés que a su vez agachaba la cabeza.

-No te preocupes María, yo me encargo de todo. – Andrés, sabía que su relación estaba finiquitada, que después de lo vivido debían separarse.

Sergio y María salieron del edificio sonriendo. El sol se apagaba, la luz iba desapareciendo a lo lejos. Sin saberlo, María acababa de empezar una relación de la que se arrepentiría toda su vida…

Texto: Lain de Macías

Ilustración: Yus Aguilar

 

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