Leo – Fin – David Monteagudo

 

FIN.

Y no crean que se ha terminado la crítica…

Es el título de la primera novela del joven autor David Monteagudo.

Una novela muy bien escrita, bajo mi punto de vista, a pesar de la juventud literaria del autor.

Es una novela al más puro estilo “Cormac McCarthy” y su premiada carretera, una novela basada en una reunión de amigos de la infancia y su reencuentro al cabo de veinticinco años.

Un suceso en el encuentro hará que cambie el transcurso del mismo.

 

Hay algunas críticas que dicen que este autor ha dejado el final abierto. Cierto es, que pasan numerosos acontecimientos,  uno en concreto veinticinco años antes, no revelado al lector, y esto puede desorientar, porque últimamente utilizamos poco la imaginación y lo queremos todo en bandeja. En definitiva, correcta narración, aunque sea la primera, pero que a mí particularmente, me dejó un poco con la miel en los labios en algún que otro aspecto.

 

Recomiendo este libro, por entretenido, fácil lectura, y económico para su bolsillo en los tiempos que corren.

 

Así, que SIGAN LEYENDO

 

“Es un distinguido hombre de letras, se le acumulan en un cajón todos los meses”

 

Jesús Gandul Moreno

 

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Ring my Bell

En un ambicioso estudio realizado por una agencia especializada se quiso determinar la relación existente entre los modelos de timbres de distintos edificios y las personas que residían en éstos. Durante más de cuatro décadas, cientos de miles de fotografías fueron tomadas por casi quinientos fotógrafos. Hoy, una vez que la fiabilidad del trabajo hecho ha sido contrastada por psicólogos, psiquiatras y pedagogos de las mejores universidades de pago de todo el mundo, podemos sacar a la luz algunas de las fichas técnicas que en su día pusieron de manifiesto la importancia del timbre en la historia de nuestra civilización.

Por David Perea y María Villa

 

Características técnicas

MODELO: Sevillano de botón blanco con placa celular biológica de última generación en imitación al hierro duro sobre pared de albero de El Viso del Alcor.

PROCEDENCIA: Mykonos, Grecia.

AÑO: 1974.

Características funcionales

Timbre vivo individual con sistema de agujeros y numerado en relieve inverso para indicar la situación y estado de ánimo de la persona de la casa. La nanotecnología ha permitido que la placa cambie su disposición de forma que en función de la posición del botón blanco, en la imagen en el número 3, y de la existencia de protuberancias en los demás agujeros, en la imagen en los números 1, 6, 7 y 8, podamos determinar si la persona a la que llamamos está o no en casa, así como el nivel de agrado que le produce nuestra visita.

Característica adicional

El timbre tiene el inconveniente de que hay que darle de comer.

 

 

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La vida de las Dríades

Usted no lo entiende. Cómo lo va a entender. No estuvo catorce años viviendo con él, no fue su primer amor. A usted no le hizo sentir como a una princesa, ni le cambió la vida para siempre. Para mí era imposible decirle que no. Cuando llamó ni siquiera tuve miedo, estaba ya preparada, sabía que iba a llamar. Supe que era él incluso antes de descolgar. Se lo dije a mi hermana. Ella telefoneó primero y reconozco que ahí me equivoqué, porque pensé que era él, pero se lo dije, le dije Ernesto me va a llamar, si no llama ahora lo hará más tarde, lo presiento. Y no era ninguna tontería. Varias veces en los días anteriores había sentido un escalofrío por la espalda que me llegaba a la nuca y me hacía estirarme hacia atrás como una osa. Llámelo presentimiento, sexto sentido, telepatía, llámelo como quiera. La cosa es que lo sabía, lo notaba en todas partes, ya había olido antiguos restos de su presencia saliendo del colchón o del fondo del armario, olores que yo creía muertos y que me hicieron volver a pensar en él, a oír su respiración, a verlo en el reflejo de los cristales del salón, sentado en el sofá con su lata de cerveza, impávido, sereno, decidiendo si pegarme en ese momento o un poco más tarde, si darme en la cabeza con un cojín de parapeto o simplemente asestarme un puñetazo en el estómago que me dejase sin respiración. El motivo era lo de menos, es más, no era necesario motivo, y yo ya no lo pedía. Creo que llegué a entenderlo, lo quería tanto que llegué a entender aquello. De algún modo me veía culpable de la situación. Había encontrado al hombre con el que había soñado toda mi adolescencia, el hombre de mi vida, y ahora no era capaz de hacer que lo nuestro funcionase.

Siempre me ha hecho gracia la expresión pero, si me paro a pensarlo, creo que realmente Ernesto sí que ha sido el hombre de mi vida. El hombre de mi vida. Digo que me hace gracia porque parece que no haya vida si no hay hombre. Ese fue mi pensamiento siendo joven y tal vez aún vea algo de verdad en ello. ¿Sabe? Muchas mujeres somos más machistas que ellos mismos, eso me lo enseñó él. Me refiero a pensar, a tener una postura frente a las cosas. Yo tenía mis estudios, sí, pero él me guió, me descubrió todo lo que entonces sabía; contaba miles de historias, fábulas con moralejas de las que aprender acerca de la vida. No sabía nada antes de conocerlo, no era nadie, no sabía cómo comportarme en público, no tenía modales ni educación. Tampoco sabía nada de sentimientos, propios o ajenos. Siempre fui más terrenal, más de vísceras, de lo que se palpa y se huele, nada espiritual. Supongo que eso y mi edad fueron factores determinantes en mi brutal enamoramiento. Me enamoré como nadie jamás pueda siquiera imaginar. Me enamoré para siempre, por encima de todo. Dirá usted que como cualquier enamorado al fin y al cabo, y puede que lleve razón, pero no conseguirá que yo lo acepte. Apenas tenía veintidós. Cada vez que lo veía se me erizaba la piel y la voz me temblaba como si bajase en bicicleta por una calle de adoquines. Fue bonito. Así eran las tardes con él, bajadas en bicicleta a toda velocidad en las que no se me retiraba la sonrisa de la boca, ni el corazón de la garganta. Vivía en las nubes, quién iba a saber lo que posteriormente me haría pasar. Por ese motivo, aunque usted no lo entienda, nunca aparecerá el rencor en mis palabras. Nunca será así. De hecho pienso que de no quedarme más que odio, miedo o rencor en mi interior, no habría contestado al teléfono cuando noté en las antiguas heridas que iba a llamarme.

Creo que ni pregunté quién es. Descolgué el teléfono y esperé a oír su voz. Cuando pronunció mi nombre le advertí que estaba incumpliendo la orden de alejamiento. Parecía cansado y hablaba con una voz que inspiraba pena. Lo imaginé multiplicado por cero con ocho, como me enseñó mi psicóloga, y lo escuché tranquilamente. En sus palabras no hubo ira, ni amenazas, ni violencia. Su voz casi me arropaba. Me comentó que llevaba un mes sobrio, que había comenzado a pintar de nuevo, y que necesitaba verme. Estoy curado, me decía. Todo ha sido culpa del alcohol, Nereida. Ahora que no bebo me he dado cuenta de todo lo que te he hecho pasar, de las palizas, el miedo, aquella noche en el hospital en la que todos creímos que no saldrías adelante, la que desencadenó el juicio y nuestra separación… perdóname, Nereida. Necesito verte. Te quiero, te deseo, necesito tocarte, que me abraces, que me beses, que todo sea como al principio, ¿recuerdas aquel día en el bosque? Fue maravilloso, éramos dríade y roble, eternos.


Cómo le iba a decir que no. Nunca me he vuelto a enamorar, entiéndalo. Además, Ernesto tenía sus cosas buenas. Era muy aficionado a la mitología ¿lo sabía? Cómo lo va a saber. Fue él quien me contó que mi nombre, Nereida, provenía de los griegos y que era el nombre de las ninfas del mar, jóvenes y bellas. Después me declaró que, a pesar de eso, me veía más como una ninfa de los bosques, una dríade de longeva vida. Me contó que estos seres, las dríades, eran la esencia de los bosques y que sus vidas estaban irreparablemente unidas al árbol al que se asociaban al nacer. Y qué pasa si muere el árbol, le pregunté una vez, muere ella con él, me contestó. Pero las dríades no tienen muerte, continuaba, su muerte es la del árbol al que van unido, es una muerte conjunta. Este bosque, por ejemplo, escúchalo, junto a cada roble hay una dríade viviendo en delicada asociación natural, es la armonía más perfecta que jamás vayas a poder percibir y es, a su vez, imperceptible. Así seremos nosotros, Nereida, una unión eterna, infranqueable, perfecta. Una unión de muerte conjunta en la que uno no tenga sentido sin el otro. Nazcamos ahora y cuando muramos hagámoslo juntos. Me apretó entonces fuerte los brazos. Apenas habíamos tenido seis citas desde que nos presentaron y ya noté nacer el miedo en mi estómago. Me había llevado a pasar el día a un merendero, a unos ochenta kilómetros de Burgos, bien entrados en la Sierra de la Demanda, y el lugar estaba totalmente desierto. Comenzaba a atardecer y la falta de luz pareció cambiarle la expresión. Me besó de forma brusca y eso hizo que al segundo intento le retirase la cara. Él insistió, apretándome con fuerza la mandíbula, y me giró la cabeza clavándome los dedos pulgar e índice, uno en cada mejilla. Lo besé entonces abandonada, aquella imagen de sus labios permanece nítida aún en mi cabeza. Los recuerdo finos y negros. Su pierna había abierto las mías y su otra mano había levantado mi ropa y arrancado las bragas. Su cara no era de placer, se movía sobre mí como un animal, fuera de sí, y yo trataba de zafarme, se lo juro, pero sentía como si mil cuchillos me atravesasen el alma a cada golpe que me daba. Me fue imposible impedirlo y poco a poco me fui entregando. El miedo desapareció, tenía frío, la espalda mojada, la boca tapada por su mano y el cuello húmedo por su respiración, cada vez más acelerada y caliente. Era principios de octubre, lo sé porque habían caído al suelo hojas que yacían como una fina alfombra de tonalidades marrones. Las hojas me ayudan a recordar aquello de forma agradable. El lugar era increíblemente bello y cada vez que recuerdo ese día me apoyo en ello y digo cosas como alfombra o tapiz o tonalidad marrón, es preciosa la forma de describir las cosas que tienen algunos, los escuchas y te imaginas lindas fotos de almanaque. Así lo recuerdo yo. Como una foto de almanaque. Había altísimos robles centenarios y un tapiz de suaves tonalidades otoñales. Así era, imagíneselo, imagine cuánta dríade observadora junto a su árbol nos rodeaba salvaguardando el imborrable acto, cubriendo con los crujidos de sus cobijadores troncos el eco que mis gritos arrojaban al cielo. Las hojas me salvan el recuerdo, eso es, con las hojas, con sus colores y su belleza, cubro mi dolor y mi llanto. Con las hojas cubrió él el charco de mi sangre y los restos de mi vestido.

Necesitaba que fuese allí. Si hemos de vernos que sea en aquel bosque de robles, le dije, y aceptó sin reparos. Ay, si me hubiese visto mi hermana, parada delante del armario decidiendo qué vestido ponerme. Intentando meterme en la mente del hombre de mi vida para saber de qué forma le gustaría encontrarme. No me maquillé apenas. No le gustaba que las mujeres se maquillasen demasiado. Las llamaba putas. Yo le decía a mi hermana que era por la vecina. Era una mujer joven y debía de trabajar en una empresa grande, una de esas multinacionales informáticas. Salía todas las mañanas con sus trajes de chaqueta y su maletín, pintada como una puerta, y Ernesto casi siempre la criticaba. Más de una mañana, en fines de semana, nos la cruzamos en la puerta del ascensor, siempre con chicos distintos, aunque he de reconocer que guapísimos todos. Te lo dije, me decía mi ex, es una puta, pintándose así lo que hace es buscar a los hombres. Algún día le va a pasar algo y se arrepentirá de haber llamado tanto la atención. Nunca le pasó nada, pero no le faltaba la razón a Ernesto. En fin, como le decía, no me pinté apenas.

Él nunca supo que le cogí miedo al coche. En realidad le tenía miedo a casi todo y sólo salía de casa para visitar a mi hermana o a la psicóloga. Sus sesiones me han ayudado mucho. Hoy día ya no, hoy día voy y vengo a todos sitios con el coche: hago las compras, voy al gimnasio, al curso de pintura, etcétera. Estoy bastante contenta con la nueva vida que llevo, o que llevaba, perdón, no me acostumbro. Recuerdo que estaba orgullosa de mí misma y que, mientras conducía hasta el lugar de encuentro, repasé mentalmente todo lo que tenía que contarle, todas las cosas que había aprendido y que formaban parte de mi tiempo y mi vida.

Llegué un poco antes de la hora. Me encanta comprobar el grado de puntualidad de la gente. Soy maniática con eso. El sitio era el exacto, recuerdo perfectamente la salida que nos llevó aquella tarde a la rueda de robles bajo la que perdí la virginidad. Ernesto llegó puntual. Iba guapísimo y, al verlo, fue como si ese único instante me sirviese para aclarar cuáles eran mis sentimientos hacia él. En estos años lo amé tanto, lo odié tanto y finalmente lo temí tanto, que en mi cerebro tuve siempre enormes luchas. Sé que dirá que soy tonta, que tanto tiempo me ha debido servir para darme cuenta de que si me maltrataba y me pegaba no debía de quererme mucho, pero usted no lo entiende, usted no estaba en su pellejo. No lo podía evitar, en algunos momentos no lo podía evitar, es una enfermedad, y puede curarse.  Además, al abrazarme fue todo tan perfecto, tan bonito, que era como si empezásemos de nuevo. Me leía el pensamiento, me habló de una casa en las afueras y de tener hijos. Él no sabía que después de la última paliza que me asestó no podría ser madre, pero no quise romperle la ilusión. Nos besamos como dos adolescentes enamorados. Yo sonreía, estaba curado, se lo juro, me quería, me amaba más de lo que jamás me había amado, a cada caricia se me estremecía la piel como en los primeros meses. Creo que en aquel instante fui la mujer más feliz del universo. No, durante aquel instante fui la mujer más feliz del universo, estoy convencida. Y eso, aunque dirá usted que un instante es muy poco tiempo, es más de lo que consiguen muchas, sépalo. Lástima que aquel momento terminó, y que volvió a ser el de siempre. No me gusta contar esta parte, pero pasó. Debido a eso estoy yo aquí con él, eterna. Le conté mis nuevas aficiones, la pintura, el gimnasio y las visitas a casa de

mi hermana, cosa que él siempre me prohibió. Con mis comentarios sus ojos, ojos azules, preciosos, sus ojos, como le digo, perdieron su redondez. No le gustaba la idea del gimnasio y lo entendí perfectamente, me daría de baja, no necesito salir tanto si ahora vamos a estar juntos otra vez y a comenzar nuestra nueva vida. Así se lo dije, pero no me creyó y además el daño ya estaba hecho. Me preguntó por las clases de pintura y le hablé de Luis, mi profesor, y de sus cuadros. Ahí le llegó la ira. Creo que no pudo contenerse cuando observó en mí admiración hacia este hombre. No te preocupes, no podría competir contigo, le dije mientras me pasaba la mano por la mejilla en la que acababa de asestarme la bofetada. ¿Y tú cómo sabes eso? Me preguntó fuera de sí. A partir de ahí casi no recuerdo nada. Dicen que fue estrangulamiento, por las marcas moradas de mi cuello, aunque no terminan de ponerse de acuerdo. Algunos todavía sostienen que los golpes en la cabeza ya habían acabado con mi vida mucho antes. Todo eso es lo de menos. Ahora ya estamos ambos aquí.

No me arrepiento, finalmente habría pasado, en otro momento, sí, pero habría pasado de todas formas. Es el destino, Ernesto siempre lo dijo, como un ánima y su árbol, decía. Empecemos a vivir ahora y seamos eternos. Él se ahorcó en este mismo árbol. En este en el que yo me cobijo y usted está recostada. Tal vez lo tuviese todo estudiado. La unión eterna, la muerte conjunta, el amor verdadero, todo se cumplió como siempre me dijo, como dríade y roble, la historia de mi vida. Si usted supiese oírme, si pudiese hacerlo, me comprendería. Y comprendería también que no soy la única, que este bosque está lleno de dríades como yo, unidas eternas a su roble, a su destino de amor imposible y mortal. Lástima que usted no sepa oírme, yo podría avisarla.

 

La Devaluación de la palabra

En un sistema cerrado, condiciones ideales.

Con algunas personas pasa lo mismo que con esas palabras que de pronunciarlas tanto y tan seguidas pierden el sentido.

Por ejemplo, se puede decir la palabra necesito sin problema alguno, y te entienden y tú lo entiendes y todos contentos y civilizados. Hace mucho que se inventó el lenguaje. Plas, plas, plas, aplauso para la historia del ser humano, no es mérito nuestro.

El problema llega cuando estás sólo, cuando repasas mentalmente lo dicho y a cada vuelta de carro la palabra en cuestión te resulta distinta. Piensas: necesito, necesito, ¿necesito?, necésito, nécesito, y antes siquiera de darte cuenta ya has perdido el significado de lo dicho y te has quedado con cuatro sílabas que bailan por la oscura pantalla de tus meditaciones: ne-ce-si-to, que más bien podrían formar un diminutivo o el nombre de la capital de algún país reciente del este de Europa. Voy más allá, si se insiste mucho en el tema, podrías llegar incluso a dudar del orden de las sílabas o de si realmente existe la palabra necesito. Te sientes raro, la sientes extraña y, lo que es peor, ella te siente extraño a ti porque no es capaz de acomodarse en tu boca.

 

Lo reconfortante es cuando, una vez que todo descansa en el profundo interior de la madeja de las cavilaciones, la ves venir a ella con su sonrisa y sientes la necesidad de expresar eso que ya sabías antes de conocerla, y de tus labios brota aquella palabra que creías hace poco extraña, pero que ahora notas natural, porque siempre ha estado ahí y es adecuada a la ocasión, y puedes por fin mirarla a los ojos fijamente y decirle Te necesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesitonecesito… sin miedo a que nada pierda su sentido.

Por David Perea Mora

 

 

Cartas olvidadas en un cajón

Si cada instante junto a ti tuviese mil ahoras.

Si pudiese dividir cada momento que paso contigo y hacer de cada parte un susurro eterno al oído o un sinfín de ellos o una vida entera.

Si pudiera acaso parar el tiempo a mi antojo, que cada segundo durase un lustro, y mirar con mis ojos a los tuyos parándome así en cada detalle, en cada minúsculo matiz que me hace quererte. Hacer, deshacer, reír, besar, conversar, acariciar, pasearme por tu figura o fundirme contigo sin fronteras ni diferencias, como un mismo ser, cómplices en el engaño al implacable enemigo que supone el tiempo.

Si fuese esto posible, tal vez en este ahora, que es sólo uno, indivisible, no estaría ahogado en el mar de confusiones que me turbia la mente. Este mar inmenso cuyo horizonte augura tormentas para cuando no haya besos, ni caricias, ni susurros, sólo lamentos emergentes de la impotencia de no saber mantenerte a mi lado.

Ojalá cada instante contigo durase una eternidad, ojalá nunca lleguen esas tormentas de las que hablo, en las que cada segundo dura un segundo, cada año un año y cada vida, una vida en tu ausencia.

 

Marcelo Aurelio Congosto de la Serna,

25 de Enero de 1964.

Por David Perea mora



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